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Hotel La garbinada en Granyena de Les Garrigues ¡de otra época!

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Para San Valentín hemos estado de fin de semana rural en familia en un pueblecito remoto de Lleida, Granyena de Les Garrigues, bien puesto en alto y con una panorámica espectacular con los Pirineos, poco nevados este año, al fondo. El pueblo no tiene nada que ver más allá de recorrer sus dos calles y acercarse a la iglesia, enorme para tener sólo 168 habitantes de los que seguro que no todos van a misa. Pero lo elegimos para poder alojarnos en el Hotel La garbinada. Esto sí que ha sido una experiencia espectacular en familia. Es un pequeño complejo hotelero formado por dos edificios separados por una plaza. La recepción, el salón común y el restaurante, así como algunas habitaciones, se encuentran ubicados en un palacete de 1910, con encanto, sobre todo para los aficionados a la caza, porque la decoración es muy campestre y con muchos bichos disecados. Pero más encanto si cabe tiene la casa pairal en la que nosotros nos alojamos, una casa templaria de 1767 con muros increíbles, habitaciones espaciosas y una planta baja convertida en un museo espectacular. Sólo para visitar este edificio, ya merece la pena alojarse en el Hotel La garbinada. Os cuento un poquito nuestra experiencia romántica, con niños y con cena especial adornada con espectáculo de rumba ¿qué más se puede pedir?

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1. Nuestra habitación. Se llamaba Soledans y se ubicaba en el segundo piso de la casa pairal. No teníamos huéspedes encima ni debajo ¡para nuestro descanso! Porque la niña no paró de corretear por todos los metros de la habitación desde que llegamos hasta que nos fuimos. El tamaño es genial, incluso poniendo la cama plegable de la niña quedaba mucho espacio para moverse libremente. Los muebles son antiguos (no tanto como la casa) pero hacen el apaño, tanto el ropero como la cómoda. El plegatín de la niña si era algo justito, porque con su afición a saltar en las camas le cerró alguna que otra pata más de una vez, y para dormirla no podíamos tumbarnos nosotros por miedo a que no aguantase el peso. El baño era sencillo pero muy cómodo ya que la ducha y el váter están en estancias separadas y pueden utilizarse a la vez. Lo que hay es poco margen alrededor del lavabo para depositar los cosméticos, pero vamos, que para pasar una noche tampoco íbamos tan cargados. El agua caliente tarda una eternidad en llegar, pero tranquilos, que cuando llega os podéis escaldar con ella si queréis. La habitación era muy cálida, de hecho, demasiado para mi gusto. Sólo tuvimos funcionando el radiador que siempre estaba encendido y que no se puede controlar desde la habitación, pero es que además había bomba de frío y calor y otro radiador portátil ¿de verdad es tan friolera la gente? Desde luego, viajando con niños no te da tiempo de enfriarte. Las vistas al patio de la casa y a la mini plaza principal del pueblo era monísimas, y el edificio súper silencioso. La cama de matrimonio tenía un fallo grande. Más allá de que el colchón tuviese ya muchos años, estaba colocado sobre un somier mucho más pequeño, por lo que en un descuido te salías rodando por el lateral de la cama.

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2. Restaurante. El alojamiento básico incluye el desayuno al estilo catalán con pan con tomate, jamón serrano, espetec, tortilla de patatas, zumo de naranja y café. La cantidad no es excesiva, pero tampoco se pasa hambre. Por la noche, como no hay nada más en kilómetros a la redonda, decidimos reservar para la cena especial de San Valentín y el espectáculo de rumba catalana. La comida y el local son muy pintorescos. El servicio es algo lento, la verdad, sobre todo para nosotros que con la niña tenemos los minutos contados para poder comer antes de que se desespere y se quiera levantar de la trona. Del menú especial elegimos el carpaccio de ternera, confit de pato y coulant a los 3 chocolates. ¡Riquísimo! Todo, desde el primer plato hasta el postre. Eso sí, a 29 euros por persona ya podía estarlo. De las rumbas no disfrutamos nada. La primera canción para abrir la velada fue Lucía, de Serrat, y en cuanto los asistentes aplaudieron, la niña se nos espantó y se nos acabó la cena romántica. Pero el sonido era muy bueno y el cantante tenía muy buena voz.

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3. El personal. Con la niña fueron todos súper amables y comprensivos. Una mención aparte merece el dueño del hotel La Garbinada, Víctor, un señor incansable que lo mismo atiende en la recepción, que en el restaurante, te hace de botones e inaugura la noche rumbera arrancándose a cantar. Según mi marido ¡es como la señora Rabbit de Peppa Pig pero en hombre! Está en todas las salsas, pendiente de todo y siempre con un gesto amable y transmitiendo una confianza encantadora.

El alojamiento en habitación doble con desayuno son 80 euros en fin de semana (60 euros entre semana). No es que sea barato para el enclave en el que está, pero es una buena opción y muy tranquila para ir en familia. Los niños, incluso la nuestra que tiene 2 años, deben pagar un suplemento de 20 euros por la cama supletoria y el desayuno. Si duermen en la cama con vosotros creo que os lo podéis ahorrar, pero la nuestra era una matrimonial de 1,35 metros y esta opción no era factible. Tiene el encanto y la solera del edificio, y esos pequeños errores de hotel de pueblo que hacen la experiencia hasta entrañable.




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