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Dramas infantiles bajo el árbol de navidad

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Este año va a ser el primero en el que mi bichilla será verdaderamente consciente de que Papá Noel y los Reyes Magos van a traerles regalos. Hasta ahora, se lo comentábamos, le explicábamos por encima las tradiciones, pero llegado el momento, ya fuera su cumpleaños o navidad, no se daba cuenta de lo que queríamos decir. O no valoraba el tema de los presentes, porque con lo desapegada que es también pudiera ser. El año pasado, por nochebuena, estuvimos en casa de la familia de este hombre, donde había otro niño de su edad, un bebé más pequeño y otro mayor, aunque niño al fin y al cabo. Nosotros no le hicimos ningún regalo, como de costumbre, pero sus tíos sí, y los abuelos, y oye, con un par de cositas creímos que ya sería suficiente para que viviera la ilusión del momento y se volviera a casa feliz. ¡Pero no! Los dramas infantiles bajo el árbol de navidad parecen estar a la orden del día, y de allí salí con algunas experiencias que no quiero que se repitan estas navidades, en casa de mi madre, y con mis sobrinos que vendrán a pasar las fiestas con nosotros. Os cuento las tragedias relacionadas con las entregas navideñas y a ver si entre todos les encontramos solución para pasar estos días en calma, felices y dando gracias por lo que tenemos.

1. El momento de repartir los regalos. En casa de mi madre vamos cogiendo paquetes al azar, intentando que más o menos cada persona presente vaya abriendo uno cada vez, de forma intercalada. Normalmente, los regalos de todos están juntos, lo que produce una sensación de euforia en las criaturas, que piensan que todos son para ellos. Pero no para ellos como niños, para compartir con otros niños, sino para ellos como persona individual. Aquí suele comenzar la frustración de mi bichilla, porque ella los quiere todos. Le da igual que un paquete contenga bragas para una señora nonagenaria o cremas antiarrugas para la abuela. No es que los quiera abrir para ver lo que hay dentro, es que independientemente de lo que haya se quiere apropiar de su contenido. O al menos, esto era así hasta el año pasado. Ya veremos si con esos 4 años de adultez que dice que tiene asimila mejor la táctica del reparto.

2. Los agravios comparativos. Ayer pasó mi madre por mi casa para preguntarme cómo llevaba el tema de los regalos para los niños. Para los míos y para mis sobrinos también. Suelo ser yo la que se ocupa de comprar los regalos para todo el mundo que vaya a estar de cuerpo presente el día del reparto y claro, aunque ya lo había tenido en cuenta, la idea es que los 4 niños tengan más o menos el mismo número de paquetes. 2 de ellos son bebés, criaturas inocentes e inconscientes, como mi churumbelito de 11 meses y mi sobrino de 6 meses. Las otras 2 serán mi #bichilla y mi sobrina de 6 años. Para empezar, los bebés tendrán un detalle pequeño y santas pascuas. Ni necesitan más juguetes, ni se van a poner a pelear porque uno tenga más que otro, ni mi cuñada puede cargar con toneladas de regalos de vuelta a casa. Pero con las niñas, a ver cómo gestionamos el asunto. Mi sobrina es un cielo de criatura, nada polémica, nada egoísta, pero con un cuidado extremo por sus pertenencias. Mi mochuela es una bestia parda que arrasa con todo lo que pilla. Para empezar, se me ocurrió que podrían tener regalos iguales (por ejemplo, una manta de cola de sirena que creo que le gustará a las dos), pero la diferencia de edad y de gustos me ha hecho imposible comprar más cosas semejantes: una necesita una maleta de viaje y le apasiona el dibujo, y mi zángana aspira a cosas de movimiento y a ropa preciosa, porque dice que toda la que tiene es fea. Por un lado, creo que a mi sobrina no se le va a antojar la ropa de mi hija, pero por otro, y a pesar de que lo único que quiere la mía son faldas y vestidos pomposos, la conozco, y sé que en ese momento, si los demás tienen juguetes ella también los querrá. Total, que estoy cruzando los dedos para que todo transcurra en paz y armonía.

3. Las rabietas. Es a lo que más temo de entre todos los dramas infantiles bajo el árbol de navidad que se puedan vivir. Ya lo experimenté el año pasado, cuando la niña estaba feliz con su muñeco que imitaba a un bebé con bañera y entonces vio que al otro niño le habían regalado un coche que corría solo. Ella ya no quería el bebé, quería el coche, y el otro ,que acababa de estrenarlo, no estaba por la labor ni de compartirlo ni de intercambiarlo con el bebé con bañera. Y claro, se montó el espectáculo de gritos y llanto. Porque a ella ya no le gustaba su regalo, porque quería el del otro niño, porque el suyo no era precioso, porque el otro no quería compartir… Y al final, ninguna de sus cosas le gustaban porque sólo tenía ojos para ese coche. A mí este comportamiento me mata, porque desde mi perspectiva de adulta (más o menos) no puedo entender que en lugar de disfrutar de todo lo nuevo que tiene, se dedique a llevarse el disgusto de su vida por tener que desear lo ajeno.

En fin, decidme que no estoy sola en el universo. ¿Los vuestros también han tenido algún arranque de este tipo, para quitaros las ganas de regalarles más de por vida?

Foto slide vía Shutterstock.




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