Crianza

Mi hija se porta demasiado bien. ¡Se me ha civilizado la niña!

Mi hija se porta demasiado bien. ¡Se me ha civilizado la niña!

¡Ole y ole! El día de hoy pasará a la posteridad de esta casa, de este barrio y de este pueblo, como el momento en el que mi torbellino de 4 años superó su estado de asalvajamiento inicial para permitirme exclamar que mi hija se porta demasiado bien. ¿Y me quejo? ¡Nooooo! Sólo faltaría, con el trasto que hemos tenido en casa desde que nació, ese espíritu libre sin normas, sin patrones, sin rutinas. Una cabra loca que se guiaba por impulsos y cuyos horarios y costumbres a veces eran fáciles de seguir y otras un trastorno constante. Y de pronto, me levanto un día y descubro que se me ha civilizado la niña. No, no ha ocurrido hoy, sino hace unos meses. Vamos, que el shock ha sido tan grande que llevo observándola y estudiándola desde el primer conato de mini ser integrado en sociedad que tuvo: por si era un espejismo, flor de un día, por si estaba mala… Pero no, mi mochuela sigue siendo una niña movida, con inquietudes de niño, la energía propia de los 4 años, y un pavo adelantado que ¡ayyy! Ríete tú de otros trastornos de cuando son más pequeños. Pero sin embargo, me parece que ha empezado a comportarse de una forma decente, si tenemos en cuenta lo que la sociedad entiende por portarse bien. Y no, no me refiero a que coma bien y exactamente la cantidad que un adulto decide, o a que duerma todo lo que a mí me interese, a la hora que yo diga, o no dé un ruido durante horas. Es que eso no es portarse ni bien ni mal, es ser niño y punto. Pero su actitud ha mejorado enormemente, y es comprensiva en situaciones antes impensables como estas.

1. Hace caso y obedece. Lógicamente no a todo, porque con 4 años tiene mucho mundo por descubrir, mucho por aprender y muchos límites que quiere comprobar por sus propios medios. Pero dentro de lo razonable, su comportamiento ha cambiado de una forma brutal. Hemos pasado de parecer que no oía nuestras peticiones, vamos ni nuestras órdenes ya desesperadas y en plan sargento, a un remanso de instrucciones en paz del tipo: Laura, al entrar en casa después del cole nos quitamos los zapatos, nos lavamos las manos y nos ponemos el pijama. Y oye ¡es que ya no hay ni que decirlo! Que según entra por la puerta se va y lo hace todo ¡sola! Nunca hemos sido de gritarle, casi más por no perturbar al resto del universo que por no ofenderla a ella, que ha sido bastante pasota, pero era agotador repetirle las cosas una y otra vez, mientras ella se hacía la despistada o claramente no obedecía porque estaba en uno de esos aprendizajes de desafío, tensando la cuerda hasta provocar nuestro enfado. Porque igual los vuestros son criaturas dóciles, pero la mía es una espabilada de armas tomar. Y sin embargo ¡ahora es un primor! Que cuando al final del día hago recuento de lo que hemos hecho, las cosas buenas sobrepasan a los enfrentamientos y algunos días ¡nos vamos a dormir sin ningún enfado! Esto me lo cuentan hace unos meses y me hubiera reído yo de cualquiera.

2. Negocia. Este es el inventazo del siglo. No se trata de imponer nuestra voluntad a los niños, sólo porque sean nuestros hijos y deban ser súbditos sin derecho a opinar a cambio de cama y comida gratis. No, casi todo en esta vida es negociable incluso con los más pequeños de la casa. Claro que hay asuntos que no admiten término medio: no te vas a asomar por la ventana para caerte, no vas a manipular el fuego de la cocina, no vas a ir sola al colegio con 4 años por muy mayor que tú te veas. Pero la mayoría sí. O sea, me da igual que a la hora de desayunar se coma primero todo el pan y luego la leche. Me da igual que se levante de la silla si la comida se le hace larga, que quiera llevar el pantalón rosa en vez del azul al colegio, que no quiera coleta y quiera diadema y hasta que se vaya sin peinar. A cambio, hacemos muchos tratos y ella accede a cosas a las que antes diría siempre que no, como a recoger su habitación, poner la mesa, llevar sus cosas a la cocina cuando termina, recoger un juguete después de usarlo o de cambiarlo por otro, acompañarme a sitios a los que no quiere ir si antes o después hacemos algo que a ella le guste. Es un tira y afloja constante, pero se evitan una barbaridad de dramas y peleas innecesarias a diario. Que sí, que alguno hay, pero ni por casualidad tantísimos como hace pocos meses.

3. Me puedo fiar de ella. Hasta no hace tanto tiempo, dejarla suelta por la calle me costaba muchísimo. No podía fiarme de ella, porque si echaba a correr y se ponía en peligro ¿Me daría tiempo de reaccionar? ¿Podría abandonar al niño sin riesgo para salvarla? ¿Me mataría de un disgusto? Como siempre ha estado tan asalvajada, salir a la calle con los dos era bastante estresante. No era la típica niña a la que le dices que no se separe de ti y lo cumple a pies juntillas. Esta era más de “atrévete a soltarme la mano que no me va a encontrar ni Lobatón”. Y claro, mi confianza en su libertad era nula. Ahora es que casi no me creo la mejora. Vamos al supermercado y me sigue, o me lleva el cesto de la compra, participa en coger las cosas que vamos a comprar, hace cola (y eso que las odia profundamente) para pagar en la caja sin hacer amago de escaparse a la calle. Por la calle va siempre suelta, incluso para cruzar la carretera, a no ser que sea ella la que pida ir de la mano. Pero ya no huye como una cabra montesa sin rumbo. Corre, camina hacia atrás, va en zig zag, y hace el mono cien veces, pero a una distancia prudencial y si se le dice que pare, lo hace y no se aleja más para matarme a disgustos. Lo cual no quita que tenga días muy tontos y pavos, en los que va de lacia total por el mundo. Pero esta tontura infantil es soportable. El riesgo de muerte lo llevaba peor.

4. Aprende de sus errores. Nadie nace sabiendo, y los bebés y niños deben tropezar muchas veces, unos más que otros, en cada uno de sus aprendizajes hasta que por fin los consolidan. Que si no cogen el vaso con las 2 manos lo derramarán; que si no se sientan bien en la silla se les irá cayendo la comida; que si no se limpian el culete, o piden ayuda para limpiarlo, pondrán la ropa interior hecha un cuadro; que si no tienen cuidado con ciertos movimientos se van a llevar por delante al hermano bebé haciéndole daño; que si fuerzan un juguete lo romperán. Ninguna de estas pequeñas cosas son para morir de la tristeza, pero sumadas una tras otra a lo largo del día, a veces la crianza se nos hace muy cuesta arriba. Y de repente, llega ese momento en el que tu hijo se da cuenta de que los consejos que le dabas servían para algo. La mía, como drama queen que es, ha pasado de un extremo al otro: de ser una chula pasota a llorar como una magdalena si considera que ha hecho algo mal. A ver hija mía, ni tanto ni tan calvo. Pero bueno, los llantos y la pena profunda le han durado dos telediarios y haciéndole ver que no pasa nada cuando se tienen accidentes sin querer y que lo que cuenta es que ponga de su parte para ir haciendo cosas sola, con cuidado y cada vez mejor ¡el mundo es ahora maravilloso!

Sólo espero que en esto no haya recaídas y que lo aprendido hasta ahora quede fijado para la posteridad. Ni en nuestros mejores sueños nos podríamos imaginar un cambio así. Ha sido como una madurez repentina que nos tiene alucinados. ¿Los vuestros también se civilizaron casi de la noche a la mañana? ¿Sobre qué edad?

Foto slide niña colabora en casa de MNStudio en Shutterstock.

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1 Comentario

  • Responder
    mamá puede
    11 abril, 2018 at 07:45

    Pues a disfrutar de esta nueva etapa!!

    Por cierto sobre las negociaciones… aburridita estoy de ellas! Estos han aprendido tan pronto que ya negocian mejor que yo 😂😂

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