Crianza

¿Quiero más a mi segundo hijo?

no Quiero más a mi segundo hijo

Hoy me he levantado políticamente incorrecta para la vuelta al cole. Bueno no tanto, pero me doy cuenta de que en mi entorno se está afianzando la idea de que desde que nació mi churumbelito, quiero más a mi segundo hijo que a mi primogénita. ¿Será verdad? Reconozco que he llegado a dudar seriamente sobre este asunto, porque hasta este hombre no hace más que decir que si el mochuelo es mi favorito, que si tengo olvidada a la otra… ¡Vamos, vamos! Lo que me faltaba por escuchar. Es cierto que aunque ambos embarazos hayan sido buscados, y esté tratando de criarlos a los dos de la misma manera, sí noto diferencias más que evidentes en mi relación con ellos pero ¿de verdad hay familias en las que los niños crecen y se desarrollan de forma calcada los unos respecto de los otros? Hay muchas cuestiones personales, laborales, logísticas y sentimentales que marcan grandes diferencias en ambas crianzas. O al menos, a mí me está pasando eso. No, no quiero más a mi segundo hijo, pero mis sensaciones con él son muy distintas a las que tenía cuando nació su hermana.

1. Ya no soy primeriza pero no quiero más a mi segundo hijo

Curiosamente, al haberme relajado en este aspecto, noto que tengo mucho más contacto con el niño en su fase de bebé, del que tuve con mi hija. Con ella quería hacerlo todo bien, casi mantenerme distante en algunos aspectos. Por ejemplo: no darle muchos besos por si le contagiaba alguna cosa mala de adultos; no estrujarla demasiado por si se me rompía; no molestarla con cariños si estaba tranquila. A este ¡me lo voy comiendo por las esquinas! También influye el hecho de que este es un cariñosón… Ella siempre ha sido más distante (es ahora cuando empieza a ser amorosa por iniciativa propia, con lo desapegadita que ha sido siempre) pero el pequeño es una lapa que busca el contacto de forma ansiosa: que lo rocen, que lo besen, que lo acaricien, que lo lleven en brazos… Y claro, como se deja hacer de todo, pues parece que se lleva más mimos de los que tuvo la otra. Ya no me da miedo que se vaya a hacer dependiente ni que se quede enmadrado de por vida, así es que sí, lo toco mucho más.

2. El niño es más débil

¡Arriba las mujeres! Dejando aparte temas feministas y de dureza de carácter, mi churumbelito fue prematuro tardío y la niña nació a un día de la semana 42. Se dice pronto, pero la diferencia de casi mes y medio de gestación hizo que este naciera completamente aletargado, en un sueño profundo y una incapacidad para demandar comida, cambio de pañales o apego que le duró 15 días. La niña nació durmiendo del tirón, hecha una bestia parda y sin ninguna necesidad especial. En el fondo, esto ha marcado una tremenda diferencia en esta segunda crianza. No quiero más a mi segundo hijo, pero he estado mucho más pendiente de él y de sus necesidades desde que se tiró al mundo en la semana 35. Como prematuro tardío, de momento parece un niño más, pero siempre me queda un poco del “¿y si…?” por no saber si hay algo oculto en lo que vaya a mostrar alguna dificultad.

3. Es más bebé y menos independiente

No sólo por la diferencia de edad con su hermana, que es algo lógico, sino por su forma de ser. Las comparaciones son odiosas pero inevitables. O al menos a mí me salen solas. Y claro, los comparo entre ellos, con las cosas que hacía la niña a su edad, la autonomía que mostraba, los requerimientos menores de atenciones, las distracciones a solas que lograba y su acercamiento paterno ¡y son como la noche y el día! Mi miniatura no concibe la vida a solas, y con a solas no me refiero a criado como Mowgli, sin humanos alrededor, sino simplemente sin madre a la vista. Como yo salga de la habitación, este ya pierde la concentración en lo que quiera que sea que esté haciendo. Por suerte, si me voy y se queda a cargo de mi madre o de este hombre ¡es un niño diferente! Ni me extraña ni monta dramas infantiles. Pero sabiendo que estoy cerca, no se puede resistir a la juntera.

4. Me comparan las edades actuales

¡Aquí está el mayor error! Cuando nació el bebé, la niña tenía algo más de 3 años. Una niña de esas edad tiene una necesidad infinita de sus padres, pero un recién nacido ¡muchas más! Entre el rollo de la prematuridad y que ella empezó el colegio con una nueva fase de autonomía en la que pedía hacerlo todo solita, el distanciamiento creo que parecía mucho mayor a ojos ajenos. El bebé no se podía cambiar el pañal solo y ella ya sabía ir al váter. Este vivía enganchado a una teta y ella hasta se ponía y quitaba el plato de la mesa (pese a esos primeros meses de lactancia en tándem). Con ella podía razonar muchos ratos de separaciones necesarias para poder atender al pequeño cuando nos encontrábamos solos los 3. No sé qué pasará en otras familias, pero no creo que el hecho de volcarme en los cuidados del recién nacido, confiando en las habilidades propias de la mayor, haya sido relegarla al olvido y desatenderla por completo. Además ¡ahí está la figura de este hombre! Al que curiosamente ella había estado más apegada casi desde su nacimiento, un vínculo que en la actualidad no ha conseguido con el pequeño, que sólo tiene devoción por mí. ¡Ya era hora de ser la favorita de alguno de mis hijos!No requieren los mismos cuidados un bebé que una niña de 3 años, ni una de 3 años que una de 8 y así, hasta que se nos hacen independientes por completo, que es a lo que aspiramos por su propio bien.

¿Vosotros os habéis desvivido más por un hijo que por otro? Quizás podamos quererlos de forma diferente, pero no menos.

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2 Comentarios

  • Responder
    Marta
    12 septiembre, 2018 at 23:19

    Cuánta razón!!! Mi segundo también ha sido más dependiente, más pequeño y menos autónomo que el mayor. No lo quiero más ni menos, pero sí noto que me necesita más. Y tengo un tercero de seis meses!!

  • Responder
    nurianuevemeses
    14 septiembre, 2018 at 21:25

    Te entiendo perfectamente y comparto muchas cosas. Para mí han sido, están siendo, maternidades muy distintas. Tú eres diferente a cuando fuiste madre por primera vez y además los hijos son también distintos, cada uno con sus necesidades. No es más o menos amor, es diferente.

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