Enseñanza/Colegio

Mi hija reclama aprobación constante. ¿Es tan malo?

hija reclama aprobación constante

No sé qué nos pasa que en esta casa pasamos de un extremo al otro sin medida, sin ese término medio de la virtud, en prácticamente cualquier tema. Respecto a mi bichilla, hemos pasado de tener una criatura completamente asalvajada hasta los 3 años, que hacía y deshacía a su antojo, con los únicos límites necesarios para su propia seguridad, a tener una hija que reclama aprobación constante para cantidad de pequeñas acciones diarias. ¿En qué momento ha pasado de hacer lo que le daba la gana a querer agradar a todo el mundo? Nosotros lo veíamos como una etapa más en la formación de su personalidad: confiábamos es que fuera una criatura apta para la vida en sociedad, por eso en sus primeros años apenas tenía normas, porque no era cuestión de coartarla por todo, sin necesidad. Al entrar en el colegio, interiorizó muy deprisa el reglamento de la escuela, y los maestros nunca nos han llamado la atención porque sea especialmente díscola o dispersa. Más bien al contrario, en los informes de final de curso en los que evalúan su aprendizaje y comportamiento, nos han llamado la atención porque de repente empezó a reclamar la atención y el visto bueno de su maestro para casi cualquier cosa. Pasó de ser un espíritu libre a imponerse unos límites que no eran necesarios. Por agradar, por portarse bien, la cuestión es que el tema se nos estaba yendo de las manos, porque una cosa es recrearse en que el mundo nos valore y otra que toda nuestra felicidad se base en que nuestro entorno se pase el día haciéndonos fiestas. Os cuento los fallos que creo que cometimos y cómo estamos intentando enmendarlos.

1. Hija, lo haces todo muy bien súper bien

¡Ole! Que más vale que sobren alabanza que no que falten. Supongo que es una tentación que tenemos todos los padres. Cuando nuestros mochuelos son bebés, intentamos estimular su aprendizaje jaleándolos y festejando que aprendan a ponerse de pie, que hagan pedorretas, que digan sus primeras palabras, que entiendan nuestras peticiones… Todo son vítores y frases de ánimo. A nosotros se nos debió alargar esta etapa, y hemos seguido aplaudiendo cualquier avance de la niña hasta pasados los 4 años. Y con avances me refiero a estar súper felices porque ha tirado de la cisterna y se ha lavado las manos al hacer pipí, porque nos ha ayudado a poner la mesa sin olvidarse nada, porque nos ha avisado de que su hermano estaba a punto de descalabrarse desde el sofá… Todo, absolutamente todo, lo hemos catalogado de estar súper mega bien hecho. Y claro, si alguna vez se nos olvidaba hacer el comentario, ella deducía que había fallado en algo, que no estábamos contentos, que nos habíamos enfadado… Se montaba unas películas que no tenían justificación y muchas veces acabábamos en un drama de los más sorprendente simplemente por no haber valorado su esfuerzo.

2. Las comparaciones son odiosas

El tema de los celos con el bebé nos preocupaba bastante, por lo que aprovechando los primeros meses del mochuelo, recién nacido y sin ningún entendimiento ni habilidades desarrolladas, hemos abusado de expresiones como “¡Qué bien haces… con lo mal que lo hace tu hermano!”. Error enorme. Al principio, le encantaba sentirse superior al pequeño, pero llegó un momento en que empezó a menospreciarlo: decía que el bebé era tonto, que no tenía cerebro, que nunca sabría hacer las cosas que hacía ella. Y esto había que atajarlo, porque el chiquillo iba creciendo y llegaría el día en el que comprendiera lo que su hermana estaba diciendo de él. Así es que se acabaron este tipo de comparaciones con mi churumbelito. Sólo faltaría que por subir la autoestima de la niña, relegásemos al otro a la miseria existencial.

3. No hay término medio cuando mi hija reclama aprobación constante

Para ella, las cosas se pueden hacer muy bien o fatal, pero no cabe la posibilidad del medio bien, regular, un poquito mal… No hay tonalidades intermedias y esto hacía que si no actuaba a la perfección se frustrase con cualquier fallo insignificante. Daba igual que los adultos le quitásemos importancia al asunto, para ella la tenía y no había forma de convencerla de que en esta vida hay muchas escalas de bien. Al enfadarse tanto, vivía escenas tristísimas, no disfrutaba con actividades sencillas (juegos, ocio, relaciones con otras personas) porque ante el menor error ya todo quedaba fastidiado para ella. No queremos una niña perfecta, que diga que sí a todo, que se someta a la voluntad de los adultos sin cuestionarse nada, al contrario. Nos encanta lo trasto que es, las salidas que tiene, su curiosidad por todo, su creencia de que ya es adulta y que nos toma el pelo cuando quiere… Es cierto que hemos festejado cada uno de sus actos a la hora de ayudarnos o de aprender una costumbre que se considera buena para la vida familiar y social, pero tiene que vivir sabiendo que en la vida habrá muchos obstáculos que salvar y que no va a tener a gente alrededor que la jalee por tirar la basura en una papelera o vestirse sola. Son cosas que hay que hacer sin más, y nos está costando bajar el tono para normalizar estas situaciones.

4. Vamos a limitar la efusividad

A ver, no se trata de convertirnos en unos padres siesos que no se entusiasmen por nada de lo que hace la niña. Pero entre una punta de esta comportamiento y la de no inmutarnos, hemos decidido ir normalizando las actitudes cotidianas: le pedimos ayuda en casa y le damos las gracias, pero nada más; si insiste en si nos hemos puesto muy contentos o muy tristes por uno u otro comportamiento, le explicamos con más hondura que hay cosas que no son de ponerse tan efusivos, sino muy mundanas y que hay que hacer porque sí, porque facilitan la convivencia y sin esperar palmaditas en la espalda a cambio. Los primeros días fueron chocantes: pensaba que estábamos enfadados por cómo hacía las cosas, pero poco a poco se ha dado cuenta de lo que le queríamos transmitir. De hecho, lo notamos en cómo anima a su hermano en su desarrollo y grandes logros, y cómo se contiene en otras cosas que para ella ya son normales que el niño haga.

Y así seguimos, aprendiendo de nuestros errores. Ahora, ella es la primera que recuerda situaciones en las que antes se frustraba y acababa en un drama terrible, y es ella misma quien comenta “¿Ves, mamá? Me he equivocado pero ya no me enfado”. ¿Habéis pasado por estas frases de demandas de aprecio por parte de alguno de vuestros churumbeles? ¿Qué técnicas os funcionaron para salir adelante?

Fot slide niña aprobación feliz por Mark Nazh vía Shutterstock.

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2 Comentarios

  • Responder
    Ely
    9 octubre, 2018 at 12:15

    Hola Lucía, es muy normal el tema de la efusividad a la hora de hablar con los niños pequeños y es totalmente normal lo que le ha ocurrido a vuestra pequeña y lo que habéis notado en ella. Evidentemente no somos padres de piedra, tenemos sentimientos y hay momentos en los que nos sentimos muy orgullosos de los logros que consiguen peeeero es importante que, para evitar que todo lo que hace necesite la aprobación del resto y dependa de las opiniones de los demás, que eliminemos ciertos “muy bien” y efusividades, valorando más su esfuerzo, trabajo, atención, responsabilidad… de esta forma trabajamos lo que llamamos motivación intrínseca, es decir, que ella se sienta bien por las cosas que hace con independencia de lo que piensen los demás. A menudo cuando son pequeños no nos parece grave la dependencia externa pero si pensamos en la adolescencia, una botella de whisky y chupitos y el “muy bien” de los amigos, ahí el tema sí nos suele preocupar 😉 Ya te digo, no consiste en quitar absolutamente todo de nuestro vocabulario, implica ser conscientes e intentar suavizar esos refuerzos. Un abrazo

  • Responder
    Nueve meses y un día después
    9 octubre, 2018 at 21:32

    Yo creo que nos pasa a todos y que según el temperamento de la criatura, la etapa que esté pasando.., pues así será su reacción. Me parece normal porque a todos nos gusta que nos digan que qué bien y sentirnos valorados.
    Yo procuro darle la vuelta y preguntarle que cómo se siente él y valorar el esfuerzo, la constancia… en lugar del resultado o de decir lo que a mí me parece. O darle las gracias por la ayuda. No sé si me explico… Por si os ayuda.

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