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¿Tu móvil o tu hijo? ¿Qué vale más?

¿Tú móvil o tu hijo? ¿Qué vale más?

En esta casa estamos muy conectados a todo, muy a favor de integrar las nuevas tecnologías en la vida cotidiana, de no demonizarlas por desconocimiento e intentar hacer un uso razonable. Sin embargo, mientras que sí temíamos tener que limitar el uso de la tablet a mi bichilla por si se volvía adicta a la pantallita ¡va a resultar que los adictos somos los padres! Ole y ole, desde luego, no estamos para predicar con el ejemplo. Empezamos por poner como excusa que debemos llevarlo encima por cuestiones de trabajo: mails que siempre parecen urgentes, cuando en realidad podrían esperar a tener respuesta; redes sociales en las que queremos tener una presencia instantánea; por no hablar del WhatsApp, que antes respondemos a un comentario en la pantallita que al que tenemos al lado y también nos está preguntando con su presencia efectiva y en carne. Hasta ahora, pensaba que los niños eran pequeños, que no saben medir el tiempo, que no se dan cuenta de si estoy por ellos al 100% o si tengo el espíritu y un ojo en el ciberespacio. Y de pronto ¡ahí estaba mi mochuela para ponerme los pies en la tierra!

1. Me persigue con mi móvil

Yo no me consideraba una adicta al teléfono y me veía a mí misma haciendo un uso muy racional del aparato: incluso me iba de casa y me lo dejaba recargando, pese a tener una batería portátil, y lo pierdo durante horas en distintas habitaciones, sin vivir en un estrés constante por no tenerlo a mano y no saber dónde lo he dejado. Hasta que mi bichilla empezó a perseguirme con mi propio teléfono. Cuando lo dejaba por ahí arrumabdo, ella lo localizaba y me lo traía al baño, a la cocina, al tendedero. Daba igual que lo hubiese soltado sólo 10 segundo antes: ella entendía que si no lo llevaba pegado al cuerpo podría necesitarlo en cualquier momento, por lo que me iba persiguiendo al grito de “Mami, tu móvil, que se te olvida”. Vamos, como si me hubiera dejado la cabeza por las esquinas. Esta percepción ya me hizo empezar a pensar que igual sí me estaba pasando con su uso delante de los niños.

2. Mamá, pero sin mirar el móvil

Después de estos episodios, llegaron las peticiones de jugar juntas pero sin mirar el móvil. O sea, que ella quería disfrazarse, jugar a los médicos o hacerme un espectáculo inventado de ballet, pero sin que yo estuviera ojeando el cacharro a cada instante. Es entonces cuando debes dilucidar que ha llegado el momento de decidir quién vale más ¿tu móvil o tu hijo? Sí, seguro que habrá ocasiones en las que un mail urgente del trabajo te tenga absorbido, o el último cotilleo de tus amigos, pero a diario, al final he tenido que hacer un esfuerzo por no usarlo en exceso, dejarlo un poco apartado y por ejemplo consultar la pantalla de notificaciones cada media hora, o cada hora. Y ojo, digo la pantalla de notificaciones, porque antes, aunque la pantalla no me mostrara nada, yo entraba en muchas aplicaciones para asegurarme de que el correo, o WhatsApp o Instagram sí estaban sincronizados y no me estaba perdiendo… ¿qué exactamente? Porque cuando te paras a pensar en qué es lo que esperas con tanta ansiedad, descubres que muchas veces es ¡nada! Mientras que los niños sí están ahí, haciendo gala de su paciencia para que los atiendas al 100%.

3. La matrona de los cursos de preparación al parto

De repente, tuve un viaje mental al pasado. Sé que suena muy peliculero, pero recuerdo que en los primeros cursos de post parto a los que fui con la niña, la matrona experta en lactancia nos decía que a los bebés hay que darles el pecho mirándolos a los ojos. Nada de estar viendo la tele u ojeando el Hola y sin prestarles atención, que así no establecemos “el vínculo”. ¡Qué hubiera pensado esta mujer de dar la teta con los ojos incrustados en las pantallas y en las redes sociales! Por aquel entonces, yo llevaba 4 días mal contados con smartphone (sí, voy atrasada siempre respecto a la tecnología) y no vivía esta situación de dependencia que me noto en la actualidad. De hecho, ponía la tele como ruido de fondo, pero estaba bastante concentrada en la propia teta (como para no estarlo, con los 3 meses de dolores del infierno que padecí). Pero con el nuevo mochuelo, como esto ya lo tengo superado, noto que me da manotazos y me vuelve la cara cuando chupa y no tengo otro tipo de interacción. Al menos, intento mirar el móvil de reojillo, para no taparme toda la cara y que piense que su madre tiene el aspecto de un teléfono.

4. ¿Limitaciones para padres?

Parece mentira, pero al final, la única forma de no caer en la tentación de mirar constantemente el teléfono ha sido ponerme restricciones. El problema es que creo que necesito imponerme muchas más reglas para seguir controlando el uso. Por ejemplo, cuando llevo a la niña al colegio y la recojo, trato de hacer el camino con ella sin mirar el teléfono ni una vez. Si suena una llamada (que no me llama nadie nunca) sí respondo, porque entiendo que es algo que requiere atención, pero si no, vamos y volvemos felizmente sin mirar la pantalla. Son unos 12 minutos de camino, y la verdad es que en mi vida diaria no tengo asuntos de vida o muerte que no puedan esperar ese tiempo. En las comidas quiero intentar hacer lo mismo, y cuando estamos las 2 solas (bueno, con mi churumbelito de por medio, claro, pero ese no cuenta para este plan) que suele ser en el desayuno y la merienda, se me da razonablemente bien prestarle toda la atención. A pesar de que muchas veces ella está viendo la tele y tampoco me echa cuentas. Pero si está comunicativa y pasando de sus distracciones, tiene delito que sea yo la que la ignore para mirar el teléfono. Sin embargo, cuando está su padre de cuerpo presente ¡la dispersión es total! Es que ni hablamos de nada, todo es mirar pantallas y como mucho buscar un tema que sea Trending Topic en Twitter para tener tema de conversación. ¿Cómo hemos degenerado tanto? Pues no tengo ni idea, pero el caso es que lo hemos hecho, y a peor ya creo que no podemos ir. Es que si no ponemos remedio ahora, me veo protagonizando un episodio de Hermano mayor en el futuro, donde nos quejaremos de la inexistencia de comunicación en casa y de que la niña nos ignora por culpa del cacharro que esté de moda dentro de 10 años.

¿Os reconocéis en estas situaciones? ¿Cómo lo gestionáis vosotros? Estamos obsesionados con establecer límites en el uso de las nuevas tecnologías de cara a los niños pero ¿qué pasa con nosotros?

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3 Comentarios

  • Responder
    Nueve meses y un día después
    13 noviembre, 2018 at 08:56

    Me reconozco totalmente y estoy en ese mismo proceso. De hecho, la actualización de mi móvil tiene una especie de contador de tiempo pasado con el móvil y con cada aplicación. Me salta el aviso el domingo y desde el horror de la primera vez, procuro que cada domingo me diga que ha bajado el consumo. Lo que no sé es si me cuenta tiempo si no cierro las apps así que suelo cerrarlas ahora para que no me sume injustamente jajaja.

  • Responder
    Carolina Vargas Mamá Ríe
    13 noviembre, 2018 at 10:23

    Me reconozco parcialmente, quiero decir, que aquí el que está obsesionado con el móvil, y eso que no lo usa para el trabajo es el padre de la criatura. Por el momento ya nos hemos enfadado un par de veces por tenerlo encima de la mesa mientras comemos…eso jamás!!! Y así vamos, yo intento controlarme mucho más, pero este hombre, este hombre….

  • Responder
    Mamá Puede
    14 noviembre, 2018 at 06:54

    Yo también reconozco que me he puesto algunas restricciones, y que triste es tener que reconocer esa dependencia!

    Antes con la excusa de “te voy a hacer una foto” echaba un vistazo a todo lo demás pero ahora que apenas me dejan hacerles foto no tengo excusa y es cuando me he dado cuenta de esa necesidad absurda de mirar el móvil continuamente.

    Así que si estoy con ellos procuro dejar el móvil en otra habitación y así me olvido, salvo que esté pendiente de algo que entonces se lo explico y ya está

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