Enseñanza/Colegio

Se me da fatal gestionar niños ajenos. ¿Todos son peores que los míos?

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Desde hace unos años, desde que me convertí en madre primeriza, suelo decir que yo antes era la madre perfecta y luego ¡parí! Sí, porque desde la distancia, desde la ignorancia de la que todos pecamos cuando no tenemos hijos, criar es muy fácil. Recuerdo cómo al principio de vivir juntos, antes de que existiera Netflix, este hombre y yo nos quedábamos de recogimiento de fin de semana y alguna vez se cruzaba en la pantalla el programa de Supernanny. De verdad ¿cómo podían esos padres ser tan torpes para criar? Si esa señora les ponía 4 normas (mejores o peores) y todo iba como la seda. Eso no nos pasaría a nosotros. Aún así, claro que he juzgado la crianza ajena, metiendo la pata hasta el corvejón, no teniendo ni idea de las peculiaridades de cada niño, de las circunstancias de cada familia… Pero desde que soy madre ¡he dejado de meterme en vidas extrañas! Más vale tarde que nunca y al fin he aprendido a guardarme mis opiniones para mí. Sin embargo, más que criticar la forma en que otros padres crían a sus mochuelos, a mí lo que de verdad me ha abierto los ojos durante este año es mi incapacidad para gestionar niños ajenos. Esto lo he descubierto mediante la participación en las tertulias literarias y grupos interactivos del colegio de mi bichilla. Vamos, que ahora estoy convencida de que más que opinar sobre los padres, deberíamos conocer también las intríngulis de cada niño. Porque yo me he quedado muy paralizada al encontrarme situaciones como estas.

1. Más vale lo malo conocido…

Sí, casi prefiero quedarme con mis mochuelos del horror, inquietos, liantes, que no dan tregua con sus fechorías, que con otros ajenos que simple vista parecen más “buenos”: más tranquilos, más aplicados, más obedientes… Al final, es normal que los nuestros sean los que mejor comprendemos, con sus pros, sus contras y los quebraderos de cabeza que nos dan. Porque al tratar con niños que parecen modélicos, que no dan un ruido, que parecen la perfección personificada ¡la de taritas que he visto! Unos con una mala leche reconcentrada y casi oculta, que no la suelen dejar escapar pero cuando lo hacen… ¡qué hirientes son! Que toleran poco las ideas ajenas, que son pequeños dictadores,que no admiten errores en los demás, incluso en niños más pequeños, y que te buscan un tema con el que hacer sangre y no dejan de explotarlo. Ay, casi prefiero el carácter explosivo de los míos, de enfados monumentales que duran un minuto y luego vuelve la paz. Definitivamente soy incapaz de gestionar niños ajenos así de sibilinos.

2. Niños que no hablan y que no participan

Otro temazo. La mía me tiene la cabeza loca con tanto razonamiento, con tanta inquietud, con tanta queja y con tanta preocupación vital. Tiene que estar metida en todo, lo que le incumbe y lo que no, por lo que al encontrarme con niños de su edad que pasan de todo no tengo ni idea de cómo captar su atención. Preguntas para las que no obtienes respuestas; explicaciones que doy, que no cuajan y que no sé cómo reconducir; niños que directamente no preguntan, no comprenden y se desentienden de la actividad de forma irrecuperable. Nosotros tenemos nuestro drama particular con el mal perder de mi mochuela, pero nunca hubiera pensado que hay padres que tienen una situación también para premio, con niños que ni siquiera quieren intentar probar cosas nuevas o compartir tiempo con los demás. Ahora, vete con el cuento de que lo importante es participar y divertirse, que no les vas a hacer mella con lo que ellos están viviendo en sus carnes.

3. Gestionar niños ajenos incontrolables

¡Que se ríen de mí, en mi cara! Con 5 años, mi mochuela comprende perfectamente lo que está bien y lo que no, lo que es ofensivo, una falta de respeto y demás, aunque claro que nos desafía y hace lo que le viene en gana. Pero en cuanto lo hace ¡ya sabe que no debería haberlo hecho! Supongo que como en todo, cada uno llevará un ritmo diferente en el aprendizaje de estas convenciones sociales, del respeto a los adultos, de acatar ciertas normas de convivencia… Así es que cuando me topo con criaturas aún más díscolas que las mías ¡no doy crédito! Si fueran adultos, claro que les dejaría 4 cosas bien claras, pero son niños, y además no son los míos, no sé lo que les permiten en otros ámbitos y lo que no, y no voy a llegar yo a civilizarlos según mi criterio. Pero es súper complicado topar con este grado de niños díscolos, porque ya no es sólo el hecho de que te miren como si fueran superiores a ti, se cachondeen en tu cara de las actividades que propones y pasen de involucrarse. ¡Es que encima te ponen al resto en contra! No sé cómo los maestros pueden controlar tanta diversidad de comportamientos, la verdad.

4. Niños que me generan inquietud

A veces, me da hasta miedo tratar de gestionar niños ajenos porque con tantos síndromes nuevos y tantas cosas que se diagnostican hoy en día, siempre pienso que puedo estar metiendo la pata con algún pimpollo y causarle un trauma difícil de recuperar. Por ejemplo, un día con un juego parecido al Memory en los grupos interactivos, uno de los niños interiorizó las reglas del juego como le dio la gana, y nada más acabar la primera ronda, se erigió ganador del grupo. No había manera de hacerle comprender que había ganado una mano, pero que el juego seguía hasta que se agotaran las cartas. Él se consideraba el ganador, pasó del resto de la partida pero además, iba chinchando al resto de participantes y no permitía que se concentrase nadie. Se lo expliqué varias veces y ya no sabía si es que iba a ser imposible hacerle comprender la mecánica, o es que simplemente me estaba saboteando por gusto. En otra ocasión, tras la lectura de un libro, los niños debían dibujar un monstruo y para que practicaran la escritura les pedí que les pusieran un nombre. Uno de ellos escribía como si las letras estuviesen reflejadas en un espejo y además en orden inverso. El maestro nos advirtió de que eso era normal, aunque yo creía que estaba descifrando un mensaje oculto y viviendo una película de terror. Pero encima, les digo que escriban su propio nombre para identificar cada dibujo, y el niño me escribe la misma palabra pero asegurando que allí ponía otra cosa diferente. ¿Y ahora qué? ¿Trato de convencerlo de que esas 2 palabras jamás en la vida podrán ser iguales? ¿O él ya lo sabe y me está tomando el pelo?

Seguro que en todas estas situaciones, cuando quienes nos enfrentamos a ellas somos los propios padres de los churumbeles, sabemos cómo actuar, qué está pensando realmente nuestro hijo, si es que no comprende o es que se está quedando con nosotros. Pero ante los hijos ajenos ¡soy una inepta! ¿Vosotros habéis metido la pata tratando con niños ajenos?

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