Enseñanza/Colegio

Palabrotas, insultos y niños. ¡Menuda boquita!

Palabrotas, insultos y niños

En casa parece ser que estoy criando a los 2 extremos de niños en cuanto al verbo florido se refiere: mi churumbelito, que se está tomando con calma lo de la explosión del lenguaje, y su hermana ¡la enciclopedia con patas! Me declaro fan absoluta de los niños de 5 años, de su imaginación, de sus recursos, de su forma de creerse adultos prematuramente y de esa habilidad para que los padres nos echemos a temblar al ver aparecer en nuestras vidas el trinomio de palabrotas, insultos y niños. No diré que de esta boca no haya salido un taco jamás, porque salen muchos. Muchos menos de los que decía antes de ser madre, porque intento controlarme pero ¡ay, la emoción de las cosas del día a día me puede! Así es que mejor no voy a entrar en hacer recuento de lo que me haya podido oír mi mochuela, porque no acabaríamos nunca. Eso sí, en mi descargo diré que le he escuchado expresar palabras malsonantes que no son de mi repertorio, por lo que veo que en el colegio y con el resto de la humanidad, la contención parece estar también ausente. La niña empezó a aficionarse por las palabrotas hace pocos meses, algo más tarde de su quinto cumpleaños, y desde entonces, así es como estamos gestionando el asunto para que comprenda lo que está bien, lo que está mal y lo que debería corregir.

1. Palabrotas. “Mamá ha dicho…”

La niña se ha convertido en un radar de la Real Academia de la Lengua con patas. Incluso cuando parece que en la conversación sólo estamos atentos los adultos y ella está centrada en otras cosas, no se nos puede escapar ni un taco. Es como una alarma que se dispara al grito de “Fulanito ha dicho… Fulanito ha dicho… Muy mal, fulanito, muy mal. Eso es una palabrota y no se dice”. Eso sí, mientras da la voz de alarma, se recrea lo suyo repitiéndola muuuuchas veces a viva voz. Lo primero que hacemos es pedir perdón, reconocer que nos hemos equivocado, lo que hace que ella se sienta tremendamente satisfecha de su habilidad especial. A veces, intentamos bromear con la palabra malsonante para que vea que no sirve de nada decirlas, que siempre se pueden sustituir por otras y no hacer un drama épico de este aprendizaje. Por ahora, no hemos tenido que regañarle en serio por haber dicho palabrotas tremendas en momentos poco apropiados, ni por haber insultado a alguien de malas maneras. Parece más un desafío entre lo que va escuchando a los mayores y lo que siendo políticamente correcta no debería decir.

2. Los insultos hirientes de los niños

Es quizás el vocabulario más difícil de comunicar, porque claro, para ella si una persona es vieja, o gorda, pues son adjetivos que definen la realidad, pero no tiene por qué estar pronunciándolas con malas intenciones. Además, su afición desmedida por Bob Esponja ha metido en esta casa el idiota, el estúpido o el tonto a más no poder. Sabe que no debe usarlas con la gente, que los demás se pondrán tristes porque son palabras que no tienen un significado agradable, pero tampoco es plan de decirle que no las podrá utilizar nunca. Así es que si nos lama tontitos, pues la cosa tiene un pase. Le recordamos que es mejor no referirse así al prójimo y seguimos viviendo en paz y armonía. Pero cuando de repente nos sorprende con un Hijo de p… ¡Horror! Esa no se la había escuchado nunca, y se la estaba diciendo a un muñeco. Cuando le pregunté dónde había aprendido esa expresión ¡se echó a llorar automáticamente! Aún no me había dado ni tiempo de meterme en honduras acerca de lo feísima que es, lo que me hace suponer que ella ya sabía que estaba obrando mal. Eso sí, no quiso confesarme a quién se la había escuchado, y como no paraba de suplicar perdón y lo siento hecha un mar de lágrimas, no quise indagar más en el asunto. Días después, intenté hacer nuevas averiguaciones pero le entró de nuevo el llanto, así es que he dejado de preguntar porque la verdad es que sólo se la escuché esa única vez. Si se lo hubiera espetado a cualquier otro humano, desde luego hubiera tenido que pedir perdón, y no quiero ni imaginar la cadena de llanto e histeria que hubiera desencadenado la disculpa.

El truco principal creo que está en no reírle la gracia. ¡Que sea yo quien tenga que decir esto! Que me río de todo, y las salvajadas de los niños es que me parecen tremendas. Pero mantengo la compostura y mi dignidad de madre para proclamar que eso no está bien. Ojo, porque si otros adultos de la familia cercana flaquean en esta postura, se os irá el truco a tomar viento. Los abuelos suelen ser un pozo inagotable de malas expresiones y a ciertas edades ya no hay quien les cambie el chip. Si todo sigue como hasta ahora, creo que con ella será fácil dar carpezato al temido asunto de palabrotas, insultos y niños. Pero no podemos saber si a medida que crezca se nos desbocará o realmente habrá asimilado bien lo que intentamos transmitirle ahora.

¿Han pasado los vuestros por esta racha de palabrotas descontroladas? ¿Duró mucho?

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2 Comentarios

  • Responder
    Nueve meses y un día después
    24 enero, 2019 at 08:16

    El mío ha dicho un par que sepamos pero como un loro, descontextualizadas. Y eso te da más risa aún. En esos momentos, donde no hay un uso funcional del taco, yo opto por aguantarme la risa y ni decir nada para ni reforzar. El tonto sí está más a la orden del día, aunque últimamente me has hecho reflexionar y veo que no lo dice.

  • Responder
    Cochecito de bebe
    25 enero, 2019 at 11:27

    La verdad es cierto, no quedamos de piedra con lo atento que está a todo lo que decimos y hay que tener un cuidado tremendo, nosotros hacemos mas o menos igual, cuando nos damos cuenta que hemos dicho alguna palabrota, nos disculpamos y le decimos que eso no se dice (y simulamos un pequeño castigo al que la haya dicho, como que nos encerremos en el cuarto, o cocina (y aprovechar hacer cosas xD))

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