Crianza

Prohibiciones o límites en casa. ¿Cuáles hay en la vuestra?

Prohibiciones o límites en casa

Me consta que el uso del lenguaje es un arma poderosa que puede lograr el cambio de actitudes. No es lo mismo espetar a los niños un NO rotundo ante todo lo que hacen, lo que se mueven y hasta lo que respiran, que tratar de establecer límites pactados, razonables y que parezcan más asequibles. Yo he intentado criar sin el no, porque también quiero ser una madre moderna, muy de pedagogía positiva, muy empática y muy chorreante de purpurina y colores del arco iris. Pero no he podido. Ojo, que tengo mis días grandes y de la mañana a la noche soy capaz de discernir perfectamente entre prohibiciones o límites en casa, y hay algunos en los que me acuesto sin haber soltado ni una negativa (los menos, no os voy a engañar). Pero entre el escaso entendimiento que aún tiene mi mochuelo (vamos, con deciros que el pediatra y el CDIAP una de las primeras cosas que te preguntan es si entiende el significado del no, si no lo usamos ¿cómo lo va a entender? Que luego me suspende en las valoraciones la criatura por tanta disciplina positiva), y el carácter de armas tomar de mi bichilla, estas son las pocas cosas terminantemente prohibidas en esta casa. Aquí no hay acuerdo que valga.

1. Asomarse a la ventana

Esto es un NOOOOO gigante y a veces dicho a grito pelado. Ya os he contado la de ingenios que hemos valorado para atrancar la ventana de mi churumbelito. Pues bien, mientras esperaba a que llegara la manija con llave que compré finalmente, una mañana de septiembre, mientras supervisaba a su hermana antes de ir al colegio, en un segundo se me perdió de vista en el salón y allí que se fue a dirigir la maquinaria de obra que estaba arreglando la calle. Miedo es poco. Un segundo y ya había trepado a su cama, pero como no llega a la ventana desde el colchón, se había puesto de puntillas en los escasos centímetros de grosor del cabecero. Estaba dentro de la habitación, nada de tener medio cuerpo asomando por fuera, pero me quedé que no sabía si correr, si se asustaría y se iría edificio abajo… Por suerte, se volvió con su ta-ta-ta como a explicarme lo que veía en la calle, y en este momento vi clara la oportunidad de echarle mano y tapiar la ventana para la posteridad. Ahora su habitación sólo se ventila cuando nos vamos todos de casa. Esto no puedo explicárselo de otra manera, porque no hay quien le quite el interés por mirar hacia la calle. Así es que es siempre un no seguido de arrastre a otra actividad, hasta que se le pase el empecinamiento. Y lo mismo con todo lo que implique alturas cerca de una ventana: con una silla; subidos al escalón del baño; en lo alto de una caja… Eso está prohibido del todo incluso para mirar sólo a través del cristal.

2. Prohibido entrar con los zapatos de la calle

¡Soy muy nórdica para esta costumbre! En los países en los que nieva, como van las criaturas con un barrizal pegado en la suela del zapato, son muy higiénicos en este sentido y en la entrada de casa suelen tener un espacio para descalzarse, ponerse las zapatillas de estar en casa, los calcetines, ir descalzos o hacer lo que cada uno guste, pero sin traer porquería de la calle al interior. Podéis leer el ejemplo de Bulgaria, por ejemplo. Aquí no vemos la nieve ni por casualidad, pero cambiemos nieve por tierra del patio del colegio, del parque y de cualquier esquina ¡y bingo! Las prohibiciones o límites en casa respecto al calzado de exterior me salen de naturales como si fuera sueca de toda la vida. Oye, ademas es que ya que en esta casa se limpia lo justito, no sabéis lo que disminuye la faena el no tener que barrer o aspirar por todas partes. Porque no es sólo el suelo el que se beneficia de esta medida, sino que el sofá, los sillones, las sillas y las camas han dejado de tener arena e incomodarnos a todos.

3. Prohibido no lavarse las manos al llegar a casa

Sinceramente, creo que demasiado poco enfermos se me ponen los mochuelos. Seguramente influirán muchísimos otros factores, pero yo tengo una confianza ciega en el lavado de manos. Sobre todo, desde que la niña empezó a ir al colegio y descubrí el mundo de los contagios infantiles: enfermedades del horror que te dejan noches sin dormir, y lo peor ¡que como las pilles siendo adulto no te habrás sentido tan mal en todos los días de tu vida! Así es que aquí, después de abandonar los zapatos y estar ya descalzos, desfilamos todos por el lavabo. Al final, es un hábito sencillo para ellos, que lo asumen como una rutina en cuanto vuelven a casa y por ahora no remolonean ante la petición.

4. Prohibido saltar en el sofá y la cama

Esta prohibición es exclusivamente paterna, porque a mí me da igual que lo hagan. Pero él sufre y no sé si es porque se pueden descalabrar en una caída, porque nos rompan los muebles, que son bastante nuevos, o por una mezcla de todo a la vez. Yo suelo padecer bastante poco por la rotura de cosas materiales, porque mis mochuelos ya me tienen curada de espanto y de mucho valor no tenemos nada, de nada, de nada. Lo de los golpes no diré que no me preocupe, porque cualquier accidente infantil es un trastorno y un sustazo, pero en estos 5 años los he visto bastante diestros en equilibro para las ideas descerebradas que tienen.

5. Prohibido comer-jugar-comer-jugar en el sofá

Mis pimpollos comen divinamente y en cantidad, pero estar sentados a la mesa no es lo suyo. La niña sí, en torno a los 4-5 años entendió las ventajas de compartir la comida en familia, o al menos engullir lo que quisiera deprisa y luego irse a hacer lo que le viniera en gana. Pero hasta entonces, hacía como su hermano, que no aguanta ni un rato sentado en la trona: comen durante unps minutos a la mesa; bajan; suben otra vez al asiento; bajan; cogen un bocado desde el suelo; bajan; juegan un rato; suben y bajan… Al final comen lo que necesitan pero no a toda velocidad en 20 minutos, sino en idas y venidas durante 2 horas. El método no me parece mal. Sin embargo, de todas las carreras de la mesa a las distintas habitaciones y lugares de la casa a los que pueden huir con comida en la boca, lo de comer en el sofá está parcialmente prohibido. O sea, si van a comer un trozo de pan o a beber agua, anda. Incluso les he visto hacer porquerías con un yogur o con el bol de avena con leche y mira, me contengo. Pero hace unas semanas mi churumbelito cogió una perrera porque no le daba el plato de macarrones con tomate para comérselo retrepado en el sofá… Y esto sí que no. Que ya demasiado permisiva me veo para el resto de alimentos, pero al menos, si van a manchar que sea con cosas que tengan visos de abandonar los textiles de una forma medianamente sencilla.

En el resto de ocasiones puedo encontrar otro vocabulario, otras maneras de reconducir las situaciones y meterme en el papel de madre amantísima y comprensiva, pero en estos 5 casos, o este hombre o yo vamos espetando noes a diestro y siniestro. Esperemos no traumatizarlos de por vida, que en otros asuntos somos mucho más flexibles. ¿Vosotros también tenéis algún talón de Aquiles en esto de la crianza respetuosa y los límites?

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1 Comentario

  • Responder
    Nueve meses y un día después
    30 enero, 2019 at 08:24

    Pues es que a mí, no me parece mal o excesivo nada de lo que cuentas. Yo, menos lo de los sofás y camas, porque tampoco se da en exceso, coincido contigo. Muchas son cosas peligrosas y punto, hay que pararlas. Una cosa es tener un estilo educativo excesivamente autoritario y punitivo y otra poner límites a tus hijos. Creo que lo que hay que hacer evitar el NO constante y
    ante cosas que realmente no son importantes, cosas que más que nada son molestas para el adulto. Y centrarnos más en enseñar que en negar y penalizar. Y corregir con respeto y autocontrol. Que no siempre somos capaces, por supuesto.

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