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Cosas de niños que nos sacan de quicio. ¿Podéis controlaros?

Cosas de niños que nos sacan de quicio

Paciencia ¡divino tesoro! Déjate tú de juventud, de belleza y de superficialidad, porque la gran virtud de nuestro tiempo, y sobre todo de nuestra vida como padres, es la paciencia. Ya no recuerdo si antes de ser madre era una persona más o menos paciente que ahora. Seguramente menos, pero no importaba, porque tenía menos situaciones límite que afrontar. Y con lo de límite no me refiero a estar al borde de la vida y la muerte a diario, sino a esas pequeñas cosas sin importancia, cosas de niños que nos sacan de quicio y que parecen irremediables: ni ellos están por la labor de dejar de hacerlas, ni nosotros nos acostumbramos a que no nos hagan el más mínimo caso, por más indicaciones que les demos. La mayoría de las veces, estos comportamientos estarán relacionados con la inmadurez de nuestros mochuelos, con su falta de comprensión, con el no entendimiento de las desventajas de actuar de esa manera. Pero cuando se precipita la gota que colma el vaso ¡los padres también explotamos! Muchas veces no a lo loco, sino de forma controlada, pero por algún sitio tenemos que tener escape para no colapsar de verdad. Soy bastante pasota con casi todas las pequeñas molestias que puede idear una miniatura de estas, pero hay ciertas cositas… ¡Insoportables!

1. El esparcimiento de agua

Esta, y casi todas las de la lista, son especialidad de mi churumbelito. Bueno, la niña también tiene sus ratos tontos de escasa atención y se dedica a tirar su vaso de agua por todas partes, porque se le va el santo al cielo, o detrás del capítulo de Bob Esponja de turno. Pero esos son casos puntuales. Sin embargo, el pequeño ¡es un no parar! Se pasa el día buscando vasos que volcar, restillos de comida que chorrear, grifos que abrir, váter que llenar de otras cosas y cubo de la fregona en el que ponerse a remojo. No se conforma simplemente con ver el agua correr, no. Él disfruta haciendo el mal en medio acuático, pero sobre todo esparciéndola al máximo por el suelo, o chorreándola de arriba a abajo de los muebles. Al menor descuido, empantana media casa, además de ayudarse con las manos para que los charcos se extiendan aún más, y sentarse o revolcarse después él sobre el humedal de nueva creación. Cada escape de agua implica un cambio completo de ropa. En verano, este asunto se lleva con más dignidad, pero en esta época pongo el grito en el cielo en cuanto me doy cuenta de que lo he dejado sin supervisión.

2. Las deposiciones flotantes

Aquí la experta es la hermana, porque el mochuelo aún vive feliz con sus pañales y sin visos de dejarlos próximamente. Pero ella ¡ella! La reina de la disciplina y el buen hacer para lo que quiere, no hay forma humana de hacerle entender que tras usar el váter para sus necesidades corporales, debe bajar la tapa, tirar de la cisterna y lavarse las manos. ¡Por ese orden! La mayor parte de las veces, no hace ninguna de las tareas. Otras, con lavarse las manos da la faena por terminada, por lo que no entraré en detalles acerca de lo que ocurre cuando se unen sus olvidos en este terreno con la pasión de su hermano por indagar en el interior acuático del váter. Sin comentarios.

3. Las puertas sin cierres

En este punto tuvimos una paciencia infinita con mi bichilla, e igual es cierto que un día la paciencia se agota, porque con mi churumbelito es una de las cosas de niños que nos sacan de quicio con más frecuencia. ¡Es insoportable! Para poneros en situación, hay que explicar que yo trabajo felizmente desde casa, una circunstancia muy agradecida y con muchísimas facilidades para criar a mis pimpollos pero a la vez, una carrera de obstáculos para conciliar el trabajo con la crianza. Con ambos niños hemos probado TODOS, ABSOLUTAMENTE TODOS los métodos, caros y baratos, para impedir que abran puertas de muebles o de habitaciones que no conviene que visiten a solas en sus excursiones exploratorias. La niña tampoco es que se quedara quietecita mirando a la pared, pero el pequeño es que entra en un bucle constante de idas y venidas a los lugares prohibidos, de rotura de dispositivos de cierre… Esto hace que me tenga que levantar decenas de veces tras de él. El día que colmó mi aguante, fue un viernes en el que acabé por mover el mueble del recibidor para atrancarlo delante de una puerta y que no pudiera volver a llegar al cuarto de baño, donde me había producido infinitos encharcamientos en sólo 3 horas.

4. La comida aún útil por el suelo

No será porque no soy permisiva en este asunto, con lo que se escandaliza la gente de que deje comer a los niños del suelo. El pequeño ahora anda en plan perrito: hasta hace charcos y luego se pone a cuatro patas para bebérselos. ¡Ver para creer! ¿Y yo me sulfuro? No. Bueno sí, pero poca cosa. Más que nada porque me gustaría que comieran y bebieran de forma medio civilizada e higiénica. Por mí pueden espurrear por el suelo lo que les dé la gana, porque al final comen y el de casa no está en condiciones potencialmente mortales para ellos. Pero claro, una cosa es tirar un trozo de manzana, un currusco de pan, o un trozo del filete, y otra muy diferente espachurrar un plátano y extenderlo con la mano, como para hidratar el parquet, o restregar yogur hasta en los muebles, el sofá y la alfombra. Llamadme quisquillosa, pero esto último es que me enciende. Por las manchas, sí, que luego hay que vérselas y deseárselas para sacarlas de allí, pero también porque esa comida ya no se recupera. Y lo de desperdiciar alimentos lo llevo realmente mal.

¿Qué cositas sin importancia de vuestras criaturas os desequilibran por completo? ¿Lo habéis superado con el paso del tiempo u os molestan como el primer día?

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1 Comentario

  • Responder
    Rut
    5 febrero, 2019 at 10:14

    Yo aún no he vivido nada de esto porque mi hijo tiene sólo 7 meses pero con lo que acabo de leer solo te puedo decir que TENGO MIEDO!!!

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